Poema 129: He ascendido

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He ascendido hasta lo alto

de la Cañada Soriana Occidental.

El ascenso es vertiginoso,

cubierto de sudor escalo por las rocas.

 

Estas piedras ya existían, no el embalse

espejo minorado por la sequía,

sí estas y otras zarzamoras,

las ovejas darían buena cuenta de ellas.

 

El roble bajo el que me siento.

cobija una gran piedra-mesa;

es en realidad un balcón al valle del Ambroz

y a la sierra que corona el Pinajarro.

 

El día está caliginoso y no se ve más allá,

escucho centenarias esquilas irreales,

el grito rudo de los pastores, silbos y gruñidos,

veo el brillo de la navaja que corta el queso.

 

Moscas en torno al sudor, debió haberlas a millones,

huele a hierba de los prados colindantes,

un jilguero y un gallo lejano engañan al sonido de la autovía,

pueblos blancos entre la masa arbórea.

 

Un vacío histórico y una soledad placentera

me causan sensaciones contradictorias,

me siento minúsculo y a un tiempo inflamado de ideas

de deseos, del esplendor de la edad madura.

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Poema 128: Caminante

Caminante

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Huyes de la ciudad a un pueblo lleno de gente,

paseo, luz, calor, ruidos de aglomeración;

buscas caminar por la montaña,

sigues el curso del río,

piedras, sonido continuo,

algunas cascadas minúsculas anuncian sequía.

 

El ruido del agua te serena,

tomas asiento en una piedra conocida,

revisas tu vida, tus pasos, tu alienación,

la nube penosa que a veces te envuelve

y te hace llover con dolor, con resignación.

 

En el bosque hay un túnel arbóreo que alberga el sendero,

lo sigues, siempre piensas quién lo habrá abierto,

cuántos años lleva en uso ininterrumpido,

qué vidas fenecidas transitaron por allí.

 

De la gran Chorrera no cae tanta agua,

aun así es un espectáculo precioso,

frío, verde y azul y blanco;

un año más has llegado, como cientos,

quizás miles de turistas que lo hacen cada verano.

 

Dan ganas de desnudarse y sumergirse en la poza,

horadada con paciencia hora a hora, día a día;

meditas allí sentado y por tu imaginación

cruzan destellos brillantes de cumbres olvidadas,

secretos que has olvidado para siempre.

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Poema 127: Ruinas

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Los días son vidas enteras en sí mismas,

podrías recorrer el mundo en tu ordenador,

visitar tal o cual museo, biografía,

imágenes, movimiento, luz, temperatura,

acaso el olor se te sustrae todavía.

 

El viaje aún no es viaje, es ilusión,

incertidumbre ante detalles técnicos,

imaginación, ropa, utensilios,

momentos inconexos sin continuidad:

se puede obviar la fatiga, el sueño, el despertar.

 

Asociarás o recordarás una puesta de sol,

o celebrarás el final de un camino en unas ruinas

antiquísimas, la magia de la Historia,

el encuentro para medir sus fuerzas

sepultados por siglos de supervivencia.

 

Pequeños tótems turísticos, museos,

atracciones y trampas para no iniciados,

esfuerzo por llegar a un lugar sagrado:

serás recibido por el calor real y el polvo,

por el barullo y el desorden y el hormigueo humano.

 

Y sin embargo la abstracción, un instante de duda,

visualizas un discóbolo en torsión, o una venus

gracias a escultores y coleccionistas,

eres un producto de tu cultura turística,

un consumidor de relatos limados y amplificados.

 

Rescatarás de tu olvido cientos de fotografías,

buscarás ángulos y enfoques, la luz,

sombras en las que detenerte a contemplar

el esplendor y la decadencia, las pasiones,

la futilidad de la victoria o de la derrota olímpicas.

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Poema 126: Viaje

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Expectativa de vuelo, barco, mar,

de otra luz, de otra forma de ver

el diseño fractal de la costa.

En tus ojos está la diferencia,

atisbas detalles, sonidos, olores,

la luna nueva no brillará en el mar Egeo.

Grandiosidad, muchas maravillas,

mucha gente, muchas ruinas, mucha antigüedad,

el viento de la historia y la destrucción.

Colores y atmósfera, cambiantes

según la luz del día, un verso recitado por un muecín

se confunde con una llamada a la oración.

Poco a poco, día a día, la ilusión se apodera de ti,

te llena de preguntas, revive otros viajes,

maravillas de oriente, tránsito.

Almacenarás recuerdos, rincones, soledad

en medio del bullicio, un verso que seas capaz

de llevar a un papel, una sonrisa de alegría.

Si eres capaz de traspasar algunas capas superpuestas

atisbarás voces y luchas, una civilización

dominante en el Mediterráneo.

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Poema 125: Piernas divergentes

Piernas divergentes

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Fuga a raudales de sonrisas:

perímetro de meridiano que trazas

con infinita paciencia, con pulcritud de metrónomo,

línea combada al son del verso.

 

Banda de Möebius, teclas de piano

besadas por el carmín que se adapta

al arco de mis dedos, el espacio gana al plano,

indiferencia de dientes blancos.

 

Imágenes, raudales de ellas, blanco,

rojo (destello leve), negro rectangular,

la monotonía melódica sobresaltada

por el peligro inminente de un beso.

 

No es de aquí, fue de otro tiempo;

la imagen reconstruye con regla y compás,

curva y embelesa, moldea en órbitas celestes

la línea recta original, el piano manchado de rojo.

 

Ironía, fuga de sonrisas:

la órbita completa del poema,

la escritura continua hecha y deshecha,

amor alejado del poema, piernas divergentes.

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Poema 124: Gloria

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En el cielo abierto hay nubes de formas caprichosas,

bajo ellas conviven tendencias miserables,

incultura, instintos lamentables en cualquier criatura,

junto a otros altruistas o de generosidad ilimitada.

 

La belleza ninfea está en la troposfera,

allí anidan las palabras evanescentes, la gloria del mundo;

mucho más abajo se enredan vocablos estultos,

descalificaciones, mediocridades, insultos, voces innecesarias.

 

Un sinnúmero de majaderías no llega al pico Veleta,

se queda navegando, cual aura,

en torno al iluminado capaz de tanta bilis:

quizás es el humo de sus cigarrillos que lo engulle todo.

 

Paternalismo machista, nula fundamentación:

el ego displicente y quizá celoso, aconseja dictar

las obras y autoras que debemos leer,

el filtro del hombre sabio amigo de otros hombres sabios.

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Poema 123: Paseo en bicicleta

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El campo está precioso en primavera:

huele a cereal aventado, sopla la brisa

y hace ondear las amapolas;

las margaritas de las cunetas

bailan su danza en las semanas previas al solsticio.

 

Recuperas la vista y el olfato,

en unos minutos comienzas a oír los pájaros,

te detienes sin resuello en lo alto del páramo:

dejas la bicicleta sobre el costado sin mecánica,

ensanchas la vista y los pulmones.

 

Sientes que tu espíritu se reconcilia

con el de tus antepasados,

integrados en laderas, colinas, tierras altas,

conocedores de fuentes y frutales,

ellos mismos del color del sendero.

 

Observas el contraste desmesurado con la urbe,

manchas rojas y amarillas, verde por doquier

frente al gris contaminado, aceras y ruido,

asfalto, caminar errático de individuos

con la mirada desnortada y abúlica.

 

A la sombra del pino crece la avena loca,

te sientas e imaginas un picnic,

la mirada lúcida, el timbre afable,

una atmósfera protectora y relajante,

el insecto amarillo en el centro del orbe.

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